Tendemos a girar la mirada al dolor, a lo que nos hace sufrir, a lo que no nos gusta. Nos alejamos del dolor y el sufrimiento con infinidad de mecanismos y luchando en una creencia y necesidad constante de controlarlo todo, de que las cosas sean como queremos, como eso no es posible, aparece la frustración, un desgaste físico, emocional y mental vano, pues tampoco conseguimos nuestro propósito, el de no sufrir.
Evitamos sentir las emociones que llamamos negativas, no queremos sentirnos mal.
Ninguna emoción es negativa, lo negativo es no sentirlas, estancarnos en alguna de ellas, que se cronifiquen. Todas las emociones hacen su función y es necesario transitar por ellas. Estar triste es sano a momentos, sentir rabia, dolor…etc.
Cuando ponemos la atención y el empeño en este no querer sentirnos mal, en lo que no podemos cambiar, en lo que no depende de nosotras, en lugar de ponerla en lo que sí podemos cambiar, en lo que sí está en nuestras manos, cuando no estamos aceptando lo que está pasando aparece el sufrimiento agravando todas esas sensaciones y estados de los que intentamos huir.
El sufrimiento es distinto al dolor.
– «Tendré que resignarme” o “¿qué hago, me resigno?”
– No!.
La aceptación es diferente de la resignación.
Aceptar no significa que nos tenga que gustar lo que pasa, que estemos de acuerdo ni tampoco que no podamos quejarnos en el momento y el tiempo justo. La aceptación es estar en el presente, es seguir adelante con lo que hay, con lo que está pasando sin lucha por cambiar lo inevitable y con la energía suficiente para poner en acción lo que sí podemos cambiar, lo que sí depende de nosotras.
En la aceptación hay movimiento, acción, buscamos nuevas posibilidades y alternativas, nos lleva a avanzar, a seguir caminando, aceptar nos hace más flexibles.
Así pues, la aceptación nos sirve para avanzar en nuestros caminos, para evolucionar.
Por el contrario, en la resignación hay estancamiento, no hay paso a la acción ni responsabilidad de cambio. Los pensamientos y la sensación son de no poder hacer nada, lo que hace que realmente no se haga.
Por lo tanto, la realidad es que no es posible cambiar nada, a menos que lo aceptemos.
El camino hacia la aceptación es una oportunidad para conocernos mejor a nosotras mismas si miramos a nuestro interior, lo que estamos sintiendo, preguntándonos qué es lo que no estamos aceptando.
Vivir implica dolor, la muerte, el fin de una relación, un despido laboral, una enfermedad…
La vida es una montaña rusa con sus vaivenes, no es un camino llano, por lo que querer no sufrir, es una fantasía.
Nada es permanente, todo está en constante transformación







